La evolución de las telecomunicaciones, permitió al reportero la rapidez en la propagación de la información pero, en muchos casos, lo alejó de la imparcialidad y la investigación.
De pronto, un día despiertas y todos aquellos objetos que te eran útiles ya son obsoletos, incluido el periódico el cual, pese a las aplicaciones en dispositivos móviles y accesos en computadoras de escritorio, se niega a desaparecer en su forma impresa y estar cada mañana en las esquinas ofrecido por voceadores.
Y qué decir del viejo telex que exigía de conocimientos para su uso y que, después, nos sorprendió al evolucionar en un fax al cual sólo introducíamos hojas y, casi al instante, eran recibidas en un lugar remoto, sólo esperando “tono” y oprimiendo un botón para comenzar el envío.
En mis inicios como reportero, conseguir una línea telefónica en un país donde las telecomunicaciones habían sido cortadas por el Ejército para impedir que saliera información al extranjero, me valió el reconocimiento de la prensa mexicana e internacional y el Premio Nacional de Periodismo por mis reportajes en Chile, el 11 de septiembre de 1973.
En el Siglo XXI, todo es diferente. La llegada del Internet, la banda ancha y los dispositivos móviles, permiten a cualquier persona tomar fotografías desde el mismo lugar de los hechos y difundirlas, de manera instantánea, a través de las redes sociales; externar su opinión y nutrirla con el intercambio de ideas; estar comunicado telefónicamente en, prácticamente, cualquier parte del mundo.
Pero esa búsqueda de la información, del análisis oportuno, de observar lo que otros no ven y de difundir los hechos noticiosos al instante, son atributos que pocos pueden presumir y no garantizan los smartphones, tablets o dispositivos móviles.
Si se combina la tecnología con esas cualidades, el resultado es información veraz, oportuna e inmediata, algo que los reporteros siempre imaginamos.